Obsolescencia Programada


¿Quién no ha tenido alguna vez la sensación de que las cosas ya no se fabrican como antes? con la perspectiva que me dan mis 37 años puedo decir que esa sensación no es en absoluto nueva : ordenadores y consolas que fallan 2 años después de haberlos comprado, relojes que no funcionan como se espera, bombillas que se funden al año de instalarlas …

Es aquí cuando emerge el concepto de obsolescencia programada. El propio nombre ya lo indica : una intencionalidad por parte de los fabricantes para que sus productos tengan una vida útil limitada, pero según cómo se entienda, puede resultar más o menos ético.

Si los productos tuvieran una vida útil infinita o muy larga, no tendría mucho sentido renovarlos y posiblemente la economía -tal y como la conocemos hoy- se paralizaría. Así pues, se trata de que los consumidores los renueven cada cierto tiempo. Esta idea, que yo considero lícita, puede dejar de ser ética si lo que se hace es incorporar fallos en los productos.

Es decir, a mi me parece lícito “tentar al consumidor” para adquirir un producto que reemplace a otro ya existente cuando incorpore nuevas características o mejoras en el diseño, pero no considero que sea ético incorporar fallos en un producto para límitar expresamente su vida útil y forzar al propietario a reemplazarlo.

Recientemente TV3 emitió un documental titulado “Comprar, llençar, comprar” muy ilustrativo sobre el tema que nos ocupa. Del documental se deduce que si bien el concepto es justificable, no todas sus variantes son éticas, como por ejemplo la existencia de chips en algunos dispositivos (como las impresoras) destinados expresamente a limitar la vida útil del aparato. De entre los casos que ilustran el lado “más salvaje” y mal entendido del concepto, he seleccionado los siguientes :

El tema de la obsolescencia programada no es nuevo, se remonta a los años 20 del siglo pasado cuando los fabricantes de bombillas llegaron a un acuerdo para limitar la duración de las mismas y la práctica, en su variante peor entendida, puede resultar repugnante y no hace más que demostrar una cruda realidad : no son los gobiernos quienes “mandan” sinó las grandes corporaciones.

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